Deterioro de la imagen personal.
Se pierde la imagen anterior de la persona, y se asume la identidad de consumidor, con los consiguientes daños para el prestigio personal y la autoestima. El deterioro de la propia imagen impide a algunos sujetos el desarrollar la fuerza necesaria para levantarse e iniciar el camino hacia la superación. Es como si dijera: puesto que dicen que no valgo nada, ya no me importa nada.
Rechazo social.
Jóvenes que hasta hace poco tiempo caían bien a los demás, e irradiaban una buena imagen de gracia y simpatía, empiezan a ser rechazados, como consecuencia del cambio producido en las redes de amistad, y por la relación frecuente con otros consumidores, que es considerada por los otros miembros de la sociedad como relación contaminante.
Relación de pareja.
La relación de pareja es un proceso complejo y delicado; son muchos los elementos cognitivos y afectivo – emotivos, que en ella entran en juego. Ese proceso sufre un grave deterioro general, y es probable que también la otra persona acabe involucrada en la práctica del consumo. A pesar de que, especialmente por parte de las mujeres, es bastante frecuente el mito de que su novio cambiará de conducta al casarse, y asumirá entonces una conducta más responsable, y no volverá a consumir (lo ha prometido tantas veces), es aconsejable que no se llegue al compromiso matrimonial en estas condiciones. Las estadísticas muestran que si no se produce el cambio antes del matrimonio, tampoco se dará al casarse, al menos no al principio del matrimonio.
Vida familiar.
Es obvio que la familia del drogadicto o del consumidor excesivo de alcohol sufre una severa desorganización. Las relaciones comienzan a centrarse en la persona del consumidor de una manera obsesiva, y otros miembros de la familia (especialmente hermanos menores) comienzan a vivir hacia el enfermo una casi trágica ambigüedad afectiva: por un lado sienten amor y lástima por el alcohólico o drogadicto, pero por otro lado no pueden evitar otros sentimientos de rabia y menosprecio, acompañados de un sentimiento generalizado de impotencia. Así, el miembro consumidor de la familia se torna en elemento de discordia, y perturbador de la paz en el seno del hogar.
- Trastornos fisiológicos y psicológicos: entre los trastornos fisiológicos tenemos el síndrome de abstinencia, convulsiones, cambios en el ritmo cardiaco, deterioro del sistema nervioso central, etc. Entre los trastornos psicológicos tenemos: alucinaciones, tendencias paranoicas, depresión, neurosis, etc. - Deterioro y debilitamiento de la voluntad: el drogadicto se vuelve literalmente un esclavo de la droga, pudiendo hacer lo que sea para conseguirla. Suele tener bajo autoestima y depresiones.
- Deterioro de las relaciones personales: el drogadicto ya no es capaz de mantener relaciones estables, ya sea con familiares o amigos. Muchas veces roba o engaña para poder conseguir droga, lo cual deteriora aún más su vida. Al principio el fumador de porros es amigo de los grupos y las risas, pero el consumo crónico le lleva al aislamiento antisocial.
- Baja del rendimiento en el trabajo o en el estudio. Se llega al grado de abandonar metas y planes, recurriendo a la droga como única “solución”. La droga crea problemas que el consumo de la sustancia vuelve a reparar; un pez que se muerde la cola.
- Consecuencias sociales: el drogadicto puede verse involucrado en agresiones o conflictos. Bajo la influencia de la droga, o con el mono de consumirla, se pueden llegar a cometer crímenes tales como robos o asesinatos.
- Consecuencias económicas: Hay personas que dejan todo su dinero en drogas, las drogas no solamente tienen consecuencias negativas para quienes las usan. También se ven afectadas las personas que rodean al drogadicto, especialmente las de su entorno más cercano, como familiares y amigos. No es sólo la vida del drogadicto la que está en juego.